La Confirmación, junto con el Bautismo y la Eucaristía, forman los Sacramentos de Iniciación, que están íntimamente relacionados. En el Sacramento de la Confirmación, la persona bautizada es "sellada con el don del Espíritu Santo" y es fortalecida para el servicio al Cuerpo de Cristo.
Los profetas del Antiguo Testamento predijeron que el Espíritu de Dios reposaría sobre el Mesías para sostener su misión. Su profecía se cumplió cuando Jesús, el Mesías, fue concebido por el Espíritu y nació de la Virgen María. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús con ocasión de su bautismo por Juan.
Antes de morir, Jesús prometió que el Espíritu sería dado a los Apóstoles y a toda la Iglesia. Después de su muerte, fue resucitado por el Padre en el poder del Espíritu.
Los que creían en la predicación de los Apóstoles eran bautizados y recibían el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos. Los Apóstoles bautizaban a los creyentes en agua y en el Espíritu. Luego comunicaban el don especial del Espíritu mediante la imposición de las manos. «La tradición católica reconoce con razón que la imposición de las manos es el origen del sacramento de la Confirmación, que en cierto modo perpetúa en la Iglesia la gracia de Pentecostés» (CIC, n. 1288, citando a Pablo VI, Divinae Consortium Naturae, n. 659).
En el siglo II, la Confirmación se administraba también mediante la unción con óleo santo, que pasó a llamarse santo crisma. «Esta unción pone de relieve el nombre de cristiano, que significa ungido y deriva del de Cristo mismo, a quien Dios ungió con el Espíritu Santo» (CIC, n. 1289, citando Hch 10, 38).
—Del Catecismo Católico de los Estados Unidos para Adultos